ESPAÑA Y LAS PROYECCIONES DEL INE

-1º-

Según la última proyección demográfica que publica hoy, día 20 de octubre de 2016, el Instituto Nacional de Estadística (INE), España perdería algo más de medio millón de habitantes en los próximos quince años (1,2% de la población total), y casi cinco millones y medio en cuarenta años (11.6%).

Lo peor, no obstante, es lo que atañe al envejecimiento de los españoles que prevé para las próximas décadas, lo cual nos pondría en una situación de gran precariedad como país y, de cumplirse siquiera en parte sus pronósticos, ingresaríamos en un territorio sembrado de preocupantes incertidumbres.

Por suerte, la historia -y más aún la reciente, la que tenemos a mano y fresca en la memoria- nos enseña que este tipo de previsiones falla más que una escopeta de feria, y que el buen tino y el sentido común, suelen ser más fiables que el frío resultado que arrojan las fórmulas estadísticas para imaginar lo que nos espera.

Y es que basta asomarse al mundo -abrir una ventana, encender la tele, comprar un periódico, poner la oreja en la calle de una ciudad cualquiera- para advertir que éste se mueve como nunca antes y que, esa velocidad, con inercia creciente, está llamada a superarse a sí misma en cada vuelta.

De ahí que hablar del número de habitantes, de la productividad o de las pensiones a cuatro décadas vista, resulte, más que aventurado, descabellado. Y, desde luego, tan superado como un grupo de neandertales deliberando sobre las hachas de sílex del futuro. Y es que -aunque suene muy punk- no hay futuro. O mejor: el futuro no es cómo lo imaginamos (nunca acertamos, nunca es como lo pronosticamos), y cada vez lo será menos, pues los cambios son progresivamente más radicales, más rápidos, más impredecibles en suma.

Las previsiones que pasen por alto que las variables se han desmadrado no sirven para nada. A quién se le ocurre afirmar con esa rotundidad que vamos a ser menos en número, con los ingentes episodios migratorios que se avecinan por todo el orbe. A quién establecer lo que va a costar éste o aquel servicio, o lo que deberemos detraer para satisfacerlo, si somos incapaces siquiera de vislumbrar lo que puede suponer un aumento exponencial de la productividad. Si probablemente estamos ya a las puertas de una revolución tecnológica sin precedentes, llevada en volandas por la implantación de nuevas fuentes de energía limpia, ilimitada y con costes testimoniales. Si la comunidad científica cada vez se asemeja más a un único cerebro compartido -algo así como lo que denominamos “estómago común” en los insectos sociales- gracias a la interconexión que propician las telecomunicaciones, también a coste simbólico.

-2º-

Los que venimos de una generación que, en su momento, se tomaba muy en serio los augurios catastróficos de corte maltusiano, estamos un poco curados de espanto. Pero aún así, quien más quien menos, seguimos confiando en este tipo de previsiones como las que publica hoy el INE -por lo general, agoreras- que, sistemáticamente, se demuestran más falsas que el beso de Judas.

Lo que sí es absolutamente cierto es que España se enfrenta a un acuciante problema de despoblamiento del campo, y que eso ya está ahí: es real y presente. También que, no solo España, sino toda Europa, se ve en la obligación -y no exclusivamente ética- de atender la llamada de los cientos de miles o millones de seres humanos que se arraciman en condiciones deplorables en el perímetro de sus fronteras.

La tasa de natalidad española es la que es y, también lo sabemos, difícilmente alterable. Si conjugamos estos tres factores -gente joven queriendo entrar /población local escasa y/o envejecida / nula esperanza de aumento significativo de la natalidad- nos encontramos con un problema que no debería ser tal, pues viene con la solución bajo el brazo.

Se trata, pues, de hacerlo bien, de organizar la entrada de migrantes -que puede devenir en masiva en cualquier momento- para que, ahora que todavía somos capaces de regularla, nos beneficie a todos, a la sociedad en su conjunto.

España es un país de un tamaño considerable y que cuenta con grandes áreas rurales poco pobladas. El envejecimiento y el abandono de estas regiones plantean un problema apremiante. Bien. De pronto, tenemos la gente para llenar ese vacío, tenemos la solución.

-3º-

El otro día, en el marco de las Conversaciones Intergeneracionales que organiza Foro de Foros, disertaba José María Pérez “Peridis” sobre las Lanzaderas de Empleo y su utilidad en los núcleos rurales, y recordaba, cómo, ya desde antes de los Reyes Católicos, se ofrecían privilegios -fueros- a las localidades que asentaban a sus moradores en las áreas reconquistadas. Fijar la población en las zonas rurales más desfavorecidas es complicado, y hay que brindarles algún tipo de privilegio, decía. Se equivocaba sin embargo cuando hablaba de ofrecer algo similar al Concierto Económico que rige en la CAV o en Navarra -podría ser visto como un privilegio político, pero no económico (se gestiona lo que se recauda)- ineficaz a todas luces para su implantación en estas zonas deprimidas.

Quizás tampoco el subsidio puro y duro sea la solución. Casi seguro que no. Bien, busquemos otras: tenemos muchos migrantes sin ningún privilegio, sin siquiera derechos. Démoselos. Acojámoslos. ¿A cambio? Un contrato, un compromiso de permanencia: unos cuantos años habitando en uno de los innumerables pueblos que se nos mueren, cuyos ayuntamientos pueden proveerles de tierra y de casa, pero a cambio necesitan a sus hijos para llenar las escuelas; y sus brazos, y consiguiente contribución al sistema mediante el pago de impuestos.

Gran parte de esta gente que llama a nuestras puertas es de extracción rural, quiere prosperar, tener una familia y vivir en paz. ¿No es perfecto?

Las previsiones del INE se irán a hacer puñetas, pero serán palabras en el viento (igual les dan un Nobel si les ponen música), y tendrán únicamente el valor de lo anecdótico.

La solución, por mucho que se empeñe algún patán como Donald Trump, nunca ha consistido en levantar muros: ni las murallas de Troya, ni la Línea Maginot de Francia, ni las concertinas del Estrecho.

La solución a estas encrucijadas que a cada rato nos plantea la historia, pasa siempre por la inteligencia y el compromiso moral. Está en nuestra mano actuar en consecuencia.

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