¿GENTE DE QUÉ COLOR?

En este blog hemos disertado bastantes veces acerca de las connotaciones racistas -o no- de ciertos términos. De hecho, no tenía pensado volver sobre este tema, pero el artículo con el que me desayuné la semana pasada, me sigue martilleando en el cerebro. La joya en cuestión, titulada “Un pato no tan cojo” (diario El País, 26-02-2016) y firmado sin rubor por Xavier Vidal-Folch, no habría pasado de ser uno más entre los miles de análisis que valoran el desarrollo gubernamental del presidente de los Estados Unidos, si el autor no se hubiera despachado con la increíble frase que aquí reproducimos: “Obama será un pato cojo (…) pero de los que ni se rinden ni se resignan, en la más espléndida y exigente tradición de la gente de su color”.

Veamos. Para empezar, cabe preguntarse de qué color es Obama. Como todos sabemos, es un mulato. Más incluso: un mulato “perfecto”, si procediera esa precisión, pues dado su origen familiar, tiene tanto de negro como de blanco.

Pero creo interpretar que el firmante de este artículo no se refiere a los mulatos cuando menciona la “espléndida y exigente tradición de la gente de su color”. Si no es así, ¿de quién habla? Imaginamos que de los negros, a quienes, al parecer, atribuye dichas virtudes.

Ignoro si cuando piensa en negros, imagina a Kunta Kinte arrastrando cadenas. También desconozco qué mecanismo mental le lleva a relacionar a un desdichado esclavo de hace un par de siglos, con el hombre más poderoso del planeta en la actualidad.

Los que acuñaron el término “de color”, que probablemente provenga del despreciable “colored o coloured people” anglosajón, habrían dado en el clavo: es el cajón de sastre para meter y definir a todo aquel que no es blanco –caucásico, en otro hallazgo lingüístico-. Incluso sirve para designar a los blancos con distinto grado de ascendencia mulata o mestiza. “Gente de color”, al fin. O “blancos ilegítimos”, como también he escuchado alguna vez en la América hispana.

Pues bien: estos términos que emponzoñan el idioma, perviven gracias a un subconsciente –cada vez menos colectivo, por fortuna- todavía presente en nuestra sociedad igualitaria y democrática.

Atribuir facultades distintas a un grupo humano basándonos en el color de su piel es, como mínimo, de una necedad sin límite. Y supone embarrarnos en el estercolero racista. No hay nada que buscar en ese lodazal.

No existe ninguna tradición, ni buena ni mala, asociada a un color de piel –me niego incluso a hablar de “razas”-, y solo la estulticia, el desconocimiento o la maldad, pueden llevar a alguien a asumir tales estupideces.

Y una vez dicho esto, lo único que humildemente pediría, es que nadie deje por escrito tales despropósitos. Menos aún en un diario como El País.

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