SEDICIOSOS Y SEVICIOSOS EN EL PROCESO CATALÁN

Unos y otros se tildan mutuamente, bien de sediciosos, bien de seviciosos. Sediciosos serían, al decir de algunos políticos constitucionalistas, sus pares catalanes -“indepes” se denominan a sí mismos- a favor del proceso de ruptura con el estado español.

Por la otra parte, seviciosos serían los agentes del orden enviados a Cataluña para reprimir y abortar el plebiscito ilegalizado por la justicia.

El partido del gobierno de España niega la mayor, esto es, que sus funcionarios actuaran con sevicia -crueldad, violencia, maldad-, y añade que sus intervenciones el domingo 1 de octubre fueron correctas y, sobre todo, proporcionadas. Vamos, que, según su versión de los hechos, no existió ni en su ánimo ni en su actuación la sevicia que denuncian los sospechosos de sedición, por muchos palos que eventualmente pudieran haber recibido estos últimos.

En mi familia se contaba el caso de una bisabuela, al parecer analfabeta, a la que su confesor escribía la correspondencia con su novio. En cierta ocasión, el tonsurado quiso averiguar si éste la trataba bien, con cariño y respeto, o si, por el contrario, se mostraba sevicioso en la intimidad de su relación.

El que a la postre sería mi bisabuelo, vasco él, contestó que, efectivamente, frecuentaba con asiduidad casi diaria el frontón, pero no por apostarse las perras, sino porque en realidad le gustaba el juego de pelota. De sevicioso, pues, nada de nada.

También hemos escuchado –en boca de Josep Borrell- alertar acerca de un previsible “enfrentamiento cívico” en Cataluña. Debo decir que nunca antes había oído tal expresión en España, aunque sí sé que es muy frecuente en Sudamérica.

Aquí empleamos “enfrentamiento civil”, y dejamos lo cívico para el civismo, es decir, para la educación y la mesura, con lo que no me quedó claro si nuestro prohombre socialista se refería a la posibilidad de un enfrentamiento “de guante blanco” en una sociedad, por lo demás, tan civilizada como la que le vio nacer.

Por último, algunos periodistas -ningún dislate idiomático les chirría- son capaces de leer -y previamente haber escrito- sin inmutarse, que el señor Trapero, jefe de los Mossos d’Esquadra, está acusado de “inanición”. Ahí es nada. Cabría añadir que, de persistir en su desafío, podría terminar muriendo de hambre.

Una errata que contribuye, como un granito más, a aumentar la sensación de irrealidad que envuelve todo el proceso, y a la que no podía ser ajeno el propio lenguaje.

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