YO NO SOY EUROPA

Comienza a atronar este lema. Lo escuchamos a nuestro alrededor, en la calle, en la prensa, en las redes sociales. Lo suscribo: somos demasiados los que no nos sentimos Europa, por mucho que sí nos sintamos europeos.

Nos inquieta la deriva de Europa, la fragilidad de sus instituciones, las ignominiosas renuncias en las que incurre un día sí y otro también. Al final, tanto criticar los mal llamados “nacionalismos periféricos” –como si se tratase de Azores o Canarias-, y el problema de fondo reside en los nacionalismos puros y duros, el de los viejos estados que se llenaron la boca proclamando la unidad fraternal de sus respectivos pueblos, en pos de la consecución de un proyecto común europeo. Ese nacionalismo de los estados incapaces, no ya de renunciar a parte de sus competencias, sino tan siquiera de compartirlas. Entonces, ¿de qué estamos hablando? ¿Qué se puede construir sin ladrillos, sin cemento, sin herramientas, sin voluntad de trabajar?

Nos han engañado. Las fórmulas mágicas no existen. Solo compartiendo competencias estatales –con las renuncias para cada país miembro que eso comporta- se logrará una Europa digna de tal nombre. Lo demás es un cuento. Solo de esa forma se podrán garantizar los mecanismos indispensables para resolver crisis humanitarias, para protegernos del terrorismo internacional, para fraguar un espacio de derecho del que hoy, por desgracia, carecemos.

Hace cosa de un año, tuve el privilegio de dirigirme a Joaquín Almunia en una de las charlas que organiza Foro de Foros .

Le trasladé que, en mi opinión, habría que replantear la construcción europea en su conjunto; no recuerdo exactamente las palabras que empleé, aunque sí que traté que sonaran lo más asépticas posible. Su respuesta fue un tanto desabrida, como si lo hubiera interpretado como un reproche o como algo personal, nada más lejos de mi intención.

Pero lo cierto es que, doce meses después, me ratifico en mi inquietud que se ve acrecentada por los últimos acontecimientos: el vergonzante acuerdo con Turquía y la vergonzosa actuación de la policía belga –y europea por extensión-.

“Yo no soy Europa” corre el peligro de convertirse en un lema. Un lema peligroso y movilizador que recuerda demasiado al “No nos representan”, seña de identidad del 15M.

Responde al mismo desencanto, al hartazgo de quien se siente, más que defraudado, directamente engañado: hablan por nosotros, pero nos han robado nuestra voz, grita en silencio una proporción cada vez mayor de europeos.

En una entrada anterior titulada “Europa naufraga en Grecia” , calificábamos el reciente acuerdo con Turquía para la gestión de los refugiados de denigrante.

Es, sin duda, la palabra que mejor lo define, un término con un origen tan sucio como lo que designa. Denigrar, del latín denigrāre es, efectivamente, manchar, tiznar, ennegrecer. Un verbo sucio con connotaciones racistas, insuperable para calificar lo que ya se conoce popularmente como “el Acuerdo de la Vergüenza”.

Lo siento: no me representan. Nos prometieron otra cosa. No quiero formar parte de esto.

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